Mientras estaba leyendo mis apuntes (mentira), por azares del destino, algo me ha impelido a mirar por la ventana, para contemplar una columna de humo negro aparecer por el lateral de mi ventana. Mi natural curiosidad me ha hecho levantarme y asomarme a la ventana para ver como una nave de un poligono industrial cercano ardia con furia.
El incendio acababa de comenzar, la nube negra apenas alcanzaba los 10 metros de longitud y las llamas crepitaban en lo alto de la nave, asi que he tenido que cumplir con mi obligacion de ciudadano y llamar a los servicios de emergencia.
Ahora escribo estas lineas entre sonidos de sirenas, no es la primera vez que llamo a los servicios de emergencia, pero es la primera vez que no me mandan al carajo.
Hoy ya no tengo que estudiar. Ya he cumplido con mi obligacion. Mi buena obra del dia esta hecha. He salvado miles de millones de vidas y euros con mi llamada.
Como todos los días Matías se despertó con varias horas de antelación. Hacia frío porque la calefacción central aun estaba apagada a esas horas. Todo su cuerpo conspiraba para que no se levantara, quédate un rato en la cama decían las sabanas, sus brazos no querían responder y sus ojos insistían en apurar las ultimas imágenes del sueño, pero Matías tenia algo importante que hacer.
Reuniendo sus pocas fuerzas convenció a su cansado corazón de que siguiera latiendo. Por fin, se levanto de la cama. Se desperezo y entre dolores y crujidos se dirigió al servicio para darse una reconfortante ducha matutina. Era un día importante, tenia que estar aseado y limpio, aunque solo fuese por fuera.
Todavía desnudo y mojado, tiritando, contemplo su imagen en el espejo. Viejo y ajado, huesos y pellejos, sangre cansada pero decidida. Vomito sus pesares y los escupió en el espejo. La cafetera con su impertinente silbido arrastro sus piernas hasta la cocina. Un trozo de pan y un café con leche era todo lo que podía comer, tenia que estar preparado.
Abrió el armario. Un solitario traje esperaba en una percha. Cuando cogió el traje solo quedo vacío allí dentro. Cuidadosamente se puso el traje delante del espejo, cada parte debía de estar perfecta, nada podía fallar, era un día importante. Cogió la cartera, se puso el sombrero. Ajusto la corbata y el pañuelo. Todo estaba en orden, todo era perfecto.
Abrió la puerta y llamo al ascensor, mientras subía recogió el paraguas y comprobó todo una vez mas. El ascensor llego y se fue como todo, como siempre. Matías ya estaba en la calle, Matías tenia esa calle, era suya, estaba solo, nadie salia tan pronto. Recorrió la calle con autoridad, tras una calle venia otra, todas tremulamente iluminadas por el apagado brillo de las farolas. Al final un familiar letrero. Ya casi estaba. Por fin, atravesó la puerta de la estación de trenes.
Espero a que abriera la taquilla. Espero mucho tiempo, para el fue un suspiro, una procesión de cigarrillos y pensamientos solo interrumpida por la voz del taquillero.
- Buenos días Matías. ¿Que tal ha ido el madrugón?
- Por favor, deme mi billete, tengo algo muy importante que hacer.
- Claro Matías, mucha suerte.
- Gracias.
Matías leyó el billete con detenimiento, anden 6, estaba bien, la hora, la fecha, el día, el destino. Todo en orden. Camino hasta el sexto anden con paso firme y volvió a esperar. Volvió a esperar, volvió a pensar, pensó mucho. La hora se aproximaba. Volvió a revisar todo, lo había pensado todo, tenia todo en su sitio. Mientras Matías examinaba sus calcetines, el tren apareció a lo lejos. Matías espero. El tren paro delante justo de Matías. Un revisor con bigote y cara de sueño lo saludo.
- Hombre Matías, suba aquí y enseguida partiremos.
- ¿No me va a pedir el billete?
- Matías, estoy seguro de que todo esta en orden, suba hombre, estamos esperándole.
- Por favor compruebe mi billete – Dijo Matías extendiendo el billete con un brazo tembloroso.
- Esta bien Matías – Cogió el billete – Ve, esta todo en orden, ande suba por favor.
Matías fue corriendo hasta la taquilla mientras miraba de reojo al revisor que le hacia gestos para que volviera.
- Hola Matías, dese prisa y vuelva que va a perder el tren.
- Por favor, es ¿ese anden de allí el 6?
- Si Matías, corra, el tren no puede esperar mas.
- ¿Esta seguro usted de que ese es mi tren?
- Si Matías, corra.
Matías vio al revisor mirarle desde el tren. Leyó sus labios – Ven Matías. Matías se agacho y se quito los zapatos y se los volvió a poner. No estaban bien abrochados.
El tren arranco. Matías no miraba. El revisor lanzo una ultima mirada resignada a Matías.
Matías volvió a casa compungido como todos los días. Cada vez lo planeaba mejor, pero el mundo conspiraba contra Matías.